Llegó a la estación de tren a la misma hora de todos los días, las ocho y cincuenta y ocho minutos, para coger el tren de las nueve. No le gustaba esperar pero menos aún llegar tarde. Si había alguien puntual en el mundo, era él. Nunca fichaba antes de tiempo; esperaba delante del lector hasta las nueve y cincuenta y nueve minutos y cincuenta y ocho segundos. Solo entonces acercaba el dedo índice para el escaneo de huella que le daba la bienvenida a las diez en punto, ni un segundo de más.

Los compañeros se habían acostumbrado a sus manías y la que peor llevaban era el toque en el hombro con un dedo. Cada vez que se dirigía a alguien, le daba dos toques en el hombro con el dedo índice.
Eran pocas las ocasiones de mantener una conversación con, no paraba de organizar su tiempo y mirar el segundero. Lo tenía todo programado. A las doce en punto, se levantaba a caminar por la oficina durante diez minutos, charlaba dos, junto a la máquina de café, y volvía a su puesto a las doce y catorce minutos y treinta segundos. Miraba su cronógrafo y, a las doce y quince justas, empezaba a teclear de nuevo.
No había empleado más exigente con los horarios. Así como entraba puntual, dejaba su puesto al final de la jornada. Eso de «quédate media hora más» era impensable; lo dijo en la primera entrevista y, aún así, fue seleccionado. Era muy eficaz.


Salió. Esperó dos minutos al tren. Sí, todo estaba programado, hasta la posibles incidencias del transporte público; aunque le provocaban ansiedad, las aceptaba, no quedaba otra. Lo que no podía aceptar era entrar en el segundo vagón y que el tercer asiento de la derecha junto a la ventanilla estuviera ocupado. Bajó del tren, contrariado, y esperó al siguiente. Esto le provocaría diez minutos de retraso en sus tareas domésticas, así que sacó su agenda y empezó a tachar y escribir nuevas anotaciones. Miró de nuevo el cronógrafo. Cogió el siguiente tren a los diez minutos y esta vez sí se sentó en su sitio. Respiró aliviado.

Ya en casa, estaba a salvo de las fatalidades que pudieran romper su estabilidad. Hizo sus tareas, vio durante un tiempo determinado la televisión y, a las doce en punto, se metió en la cama. Ni un segundo más tarde.

Para @divagacionistas y sus #relatosLocura Cada uno con la suya y nadie escaso de ella.

Julio 2020

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