Miró de frente a la máquina expendedora. Pulsó las teclas una por una para ver el precio de cada producto. Tenía unas pocas monedas y no había abierta ninguna tienda dónde le cambiaran el único billete, de veinte euros, que tenía. Las máquinas rara vez tenían cambio y esta, en concreto, no aceptaba billetes. Quizá era mejor así, más le duraría. Contó, de nuevo, moneda a moneda. No podría apagar su sed hasta que abriese la taquilla de la estación de autobuses, un par de horas más.
No llevaba equipaje, no tenía un destino. Sus bolsillos agujereados, le obligaban a llevar las monedas y el billete azul en la mano, húmedo por el sudor y arrugado de tanto apretarlo para no perderlo. Se avergonzaba pensando en cómo lo tendría que estirar ante la mirada inquisidora del taquillero, para entregárselo.
Se sentó, paciente, en una hilera de sillas, tratando de sacarse de la cabeza la sed que no podía apagar e intentando decidir un destino, dentro de las posibilidades económicas de que disponía.
Se adormeció.
A las 7 en punto abrieron las taquillas. Se levantó, dando un traspiés con una maleta que le habían colocado al lado. La dueña le miró como quien mira a un insecto que quiere espantar y él sintió el aguijón de la mirada, fría y gris. Fue al baño, tenía que refrescar su cara y asearse antes de enfrentarse al taquillero inquisidor. Necesitaba soltar el dinero para no mojarlo así que soltó las monedas en el lavabo y metió el billete en su bolsillo agujereado. Se lavó, sacó su pequeño peine del bolsillo de la camisa y se peinó los trasquilones que él mismo se había hecho hacía unos días.
Se oyó una cisterna vaciándose y salió un chico dando tumbos. No le miró a través del espejo, pero sintió un estruendo en la cabeza que le dobló las rodillas y le hizo caer al suelo, inconsciente.
Despertó empapado en una mezcla de agua y sangre. El grifo del lavabo aún estaba abierto y le salpicaba la cara. Sentía un dolor punzante en la cabeza, sobre la nuca. Se llevó la mano y notó una gran brecha. Cogió papel de manos y presionó sobre la herida al tiempo que buscaba en su bolsillo el preciado billete, pero ya no estaba. Le había dejado, a cambio, los agujeros llenos de piedras que le impedían levantarse e intentar seguir subsistiendo. Y, entonces, lloró.

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