Amanecía en el Pacífico cuando amerizaron. La Tierra había cambiado y no calcularon bien las coordenadas para llegar a Los Ángeles, asi que cayeron más cerca de lo que, en el pasado, fue Japon. No importaba demasiado, solo querían llegar a un lugar que hubiera estado superpoblado para asegurarse de encontrar los huesos, tan necesarios, para continuar mejorando su biotecnología.

Había fallos en una docena de bionanochips debidos a un bloqueo en la cadena de ADN. Los receptores eran correctos pero ¿por qué de cien mil sujetos había fallado en ocho? No tenían grupo de control para esa investigación, por lo que tuvieron que ir al lugar de origen y recomponer su genoma ancestral. Quizá tampoco ahí estuviera la respuesta, pero, de momento, era lo más accesible que tenían. Al menos se descartaría, o no, que el extraño rechazo se debiera a un tipo de involución en esta especie humana.


Jon no estaba seguro de que lo que estaba ocurriendo. En la última revisión médica le diagnosticaron fallos en el sistema inmune. No sabía qué era eso. Tuvo que quedarse ingresado en una de las salas que se utilizaban antiguamente para las cuarentenas, lleno de aquellos minielectrodos inalámbricos que se sentían como agujas en la piel. Supuestamente vigilaban sus constantes vitales, aunque no sabía la razón por la que le habían rapado la cabeza para ponérselos también bajo el cuero cabelludo, en el interior de los testículos y en la médula espinal.

Un borroso recuerdo de la infancia le traía la imagen de una chica dormida, en una camilla de una sala blanca, llena de agujas bajo la piel y electrodos repartidos por todo su cuerpo que se arrancó al despertar. Jon se estremeció. Trataba de recordar dónde había visto esa imagen, pero estaba seguro de que nada bueno pasaba después. Se le erizó la piel y sonó un pitido estridente de alarma. En dos segundos entraron varios keplerianos revisando pantallas e inyectando en su cabeza lo que supuso un relajante, pues se durmió en cuanto sintió el frío líquido entrando en su cráneo.


En el Centro de Control de Usuarios de KeplerA86 recibían los datos de la Tierra en directo. Imágenes codificadas que llegaban en segundos. La ciudad antes llamada Osaka estaba derruída y, tanto los exploradores como los recolectores tenían mucha experiencia que, junto a su avanzado equipamiento, les permitió encontrar y recopilar los huesos de unos cien mil individuos.


Probando, básicamente, con la ciencia-ficción. Para divagacionistas y los #relatosHuesos.

Octubre 2021


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