Habíamos quedado temprano. Teníamos que salir con la fresca porque, en pleno verano, caminar por Gredos podía ser asfixiante ya a media mañana. El guía nos había propuesto ir hasta la «Cueva del Oso». Dos horas caminando por piedras hasta llegar a unas pozas de agua esmeralda cristalina, entre gigantes rocas erosionadas por agua y viento, que nos refrescaría el sudor del camino. Yo no estaba acostumbrada a caminatas pero no me costaba llevar el ritmo de los demás.

Llevábamos la carga justa, bocatas y algo de beber, para pasar el día disfrutando del agua helada y el sol sobre una de esas hermosas y enormes piedras que pedían a gritos tumbarse sobre ellas; calientes por el sol de Gredos, también calentaban el cuerpo al salir del agua. ¡Eso sí que es vida!

Media hora después de ver las primeras cascadas llegamos a la primera poza a la que se podía bajar desde el camino empedrado y lo primero que hicimos fue quedarnos en bañador y saltar al agua. Digo saltar, pero nada más lejos, porque, descalzos, seguíamos caminando por piedras, algunas muy escurridizas, que me obligaban a ir casi a cuatro patas tanteando antes con las manos.

¡Qué placer!. ¡Qué relajación!. Costaba meterse más allá de los muslos, pero una vez dentro… ¡eso es vida!, os repito. Si te quedas un par de segundos sin moverte notas los pececillos llevarse las células muertas de tu piel y cómo te la regeneran. Una vez te has secado… ¡qué suavidad!.

Fue entonces, dentro del agua, cuando el guía nos mostró una maraña de pelo entre las piedras, (pensé, ingenua de mi, que era una ¿peluca?), justo encima del agua. Metió la mano para sacarla. Empezó a deshacerse, se extendía por sus brazos en pequeñas hebras atadas entre sí en grupos de ocho.

Ahogué un grito, aterrada. Empecé a sudar dentro del agua congelada y mi corazón palpitó urgentemente para enviar más oxígeno a mi cerebro, que estaba paralizado ante la imposibilidad de procesar aquel horror. Sentí que los pececillos eran aquello corriendo por mis piernas. ¡OPILIONES DEL AVERNO!. Salté fuera del agua, sobre aquellos seres que ahora también ocupaban mi roca de salida, sacudiendo mis extremidades en un ataque de pánico e histeria descontrolada…

No diré cómo pasé el resto del día, deseando salir de aquella trampa psicológica.

Nunca volví a las Pozas y supe que jamás superaría mi aracnofobia.

Basado en hechos reales sufridos por una servidora. Para Divagacionistas y #relatosPiedras

Febrero 2019

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