Miré con ansia mientras la boca se me llenaba de saliva. El huevo flotaba hecho trizas, junto a un trozo de cebolla y media patata, en el caldo que madre preparaba para comer; cuando hervía ya tenía troceado el pan duro en una barreña para escaldarlo. Las tres gallinas ponían poco en esta época del año y ya estaban viejas, así que, con suerte, la sopa estaba más sabrosa dos o tres días por semana.

Éramos cinco desde que padre murió, pero una boca menos no significaba que tocasemos a más. Hacía tiempo que el viejo apenas se alimentaba del sobrante de las sobras.

—Estoy enfermo, no me darán trabajo en ningún sitio. Coged fuerzas vosotros, que se os vea saludables, y pronto podréis traer para un buen cocido -solía decirnos desde el catre en el que se postró en la cocina. Se sentía tan solo en la habitación…

Y allí se quedó para siempre, desde que no pudo levantarse hacía tres años ya; hasta que, entre el Eusebio y el Juanito, lo metieron en la caja de pino para llevarlo al cementerio.

Quedó la casa vacía, como cuando teníamos el gallo cantando a todas horas y hubo que matarlo para echarlo al caldo, o como cuando desapareció Canelo, que a veces nos traía algún pájaro que cogía al vuelo y nos avisaba con sus ladridos si alguien venía por el camino. Ya nunca nos supimos con antelación si venía alguna visita. Comíamos en silencio, sin la tos flemática ni los ronquidos de padre de fondo. Aunque a veces rompían ese silencio los sollozos de madre, desde la habitación. Creía que no la oíamos, pero una casa vacía hace eco y el eco de su llanto era lo que nos llegaba.

No fue hasta que cumplí los once años que el Eusebio me llevó con él al campo. Mis hermanos aún no tenían cuerpo para aguantar los envites del frío y menos para ayudar con el duro trabajo. Así me ganaba un buen almuerzo de matanza y podía llevar alguna sobra para casa.

Hasta que yo empecé a toser también, como padre. El invierno había sido muy duro y, aprovechando que mi hermano Pedro había ganado cuerpo, el Eusebio aceptó llevárselo en mi lugar. Hace un año de eso. Ahora soy yo el que está postrado en la cocina, aunque puedo alimentarme mejor de lo que pudo padre.

Febrero 2020

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