Había pensado en la escapada durante meses. No tenía mucho planeado, solo había pospuesto la salida por miedo. Nada era seguro, quedarse allí era una trampa y fuera sería una presa a merced de la podredumbre, pero podría ver la nieve.


Subió a la buhardilla, cogió los aperos de acampada y empezó a llenar la mochila. Envolvió frascos de comida con su propia ropa, aunque ni la comida ni la ropa durarían mucho tiempo. Quince, veinte días, tal vez. Tendría que ir reabasteciéndose y eso no era fácil.


Su pueblo ya estaba vacío y revisado, lo había ido finiquitando a lo largo de los dos años de encierro. No quedaba nadie. No quedaba nada más que el olor de los muertos descomponiéndose y el zumbido de los millones de insectos alimentándose de carne pútrida. Lo más cercano a los humanos qué había sobrevivido eran las cucarachas y las moscas. La última rata que encontró viva estaba infestada de larvas y unas enormes moscas verdes se alimentaban en las cuencas oculares dándole un aspecto alienígena.


Estaba harta de tener ese olor pegado a su cuerpo. Harta de la desolación, del vacío que dejó el silencio, roto por ese zumbido que ya no sabía si estaba dentro o fuera de su cabeza. Tenía que marcharse de allí, pero, ¡tenía tanto miedo…!.


Un miedo constante al que ya estaba acostumbrada, pero estaba en su casa, el pueblo en el que conocía cada callejón y cada esquina, cada escondite. Si no fuera por el olor y los insectos seguramente aguantaría toda la vida. Pero ya no tenía más excusas para postergar la huida. Sin agua corriente durante una semana, aquello se había vuelto insoportable. Salió y cerró la puerta, absurdamente, con llave. Quizá pudiera volver en unos años, cuando se fuera ese olor, y le gustaría encontrar todo como lo había dejado, aunque dudaba de que fuera así.
La motocicleta de su vecino sonaba como una bestia y la podredumbre no tardaría en llegar. Tenía todo cargado en orden en las alforjas y solo le quedaba recoger el pequeño remolque con garrafas de gasolina y las armas que había visto en el cuartel de la guardia civil. Tendría que aprender a utilizarlas.
Por fin arrancó en dirección a la montaña. Primer destino: la nieve, por lo menos no olería a putrefacción ni habría moscas.

Para Divagacionistas y #relatosHartazgo.

Marzo 2021

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