Abrió la puerta del portal y salió a la calle. Lo sintió desde las orejas hasta los dedos de los pies. Sintió erizarse cada folículo de su piel y la nariz le empezó a gotear. El viento helado sólo contribuía a discapacitar, más aún, sus ya doloridas piernas. No se sentía capaz de dar un paso sin trastabillarse pero quería y tenía que hacerlo.
Cada mañana lo mismo, era casi incapaz de dar un paso al despertar. Se sentaba en la cama con mucho esfuerzo esperando que sus piernas le pusieran de pie sin quejarse. Levantó una pierna, poniéndola en perpendicular al tórax, tratando de estirar los músculos. Aullido de dolor. Luego la otra. Más aullidos.
Si no hubiera vivido solo alguien se habría encargado ya de llamar al 112. Agradecía que no fuera así.

Le gustaba el frío de la soledad, incluso en inviernos tan cortantes como este, con apenas un emisor térmico que le templaba el amplio salón en el que se quedaba dormido la mitad de las noches. Dicen que a partir de cierta edad el cuerpo deja de acumular calor y se siente más el frío pero a él le ocurría lo contrario. El calor aplastaba su ánimo y en verano trataba de evitar todo esfuerzo físico, por nimio que fuera. Sin embargo, en los inviernos más gélidos revivía. Sí, también le gustaba el frío invernal. Era hombre de frialdades en muchos sentidos.
Estas dos últimas semanas estaban siendo un infierno de dolor que no recordaba haber sentido nunca durante tanto tiempo. Hace 20 años le hubiera durado un par de días o tres, pero ya no tenía 30 y eso se notaba.
Llegó al semáforo que separaba su calle del Parque de la Luz, la joya verde de la ciudad, pasó la reja, la zona infantil y el lago, acelerando el paso y sintiendo que sus piernas empezaban a responder, sin el agudo dolor de hace media hora, a medida que se le calentaban los músculos. Empezó a correr ligeramente, sintiendo el placer de recuperar el control de su cuerpo.

A la mañana siguiente sintió morir de dolor otra vez. Parecía que miles de minúsculos cristales quisieran romper sus músculos desde dentro hacia afuera. Esta vez ahogó el aullido.
— Creo que esto va mejorando -farfulló en voz alta- pero joder… ¡Putas agujetas…!

Enero 2019

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