Solo quería cerrar los ojos, descansar la vista y que durante ese rato a oscuras también reinase el silencio. Treinta minutos era el tiempo máximo, aunque Susú hubiera sido feliz si su cuerpo lo resistiera un par de horas completas. «Desconectar en frío» solía llamarlo.

Normal no era, eso lo tenía claro. Nadie en su sano juicio se quitaba una simple jaqueca metiéndose en un congelador durante treinta minutos. Se quedaba traspuesta en ese breve lapso y salía nueva.

¡Si pudiera permitirse ir a vivir en un eterno invierno…! Sentía que la naturaleza había cometido un error con ella haciendo que naciera en un lugar cálido.

—Quizá no soy de este mundo y el error soy yo -pensaba mientras estaba dentro- Pero si así fuera, no necesitaría programar solo media hora el aparato para salir sin secuelas. Solo son manías mías.

El aire acondicionado no era suficiente, además tenía la sensación de que el aire caliente, que expulsaba el compresor hacia afuera, se la metía en los pulmones, abrasándola por dentro. Era una tontería, claro, pero aún así evitaba salir a toda costa y mantenía todo cerrado a cal y canto en casa.

Todos los veranos eran un suplicio pero este estaba siendo especialmente caluroso. Su jaqueca volvía varias veces a lo largo del día y, haciendo caso omiso a su padre, se volvía a meter en el congelador.

—No puedes meterte tantas veces al día. Se te congelarán los circuitos y dejarás de funcionar. Ya te expliqué cuál es tu límite.

Ya estaba mayor. Se refería a sus órganos como circuitos, como si fuera un robot que él mismo hubiese creado. Si fuera así ¡ya podía haberle puesto climatización interna! Y terminaba riéndose a carcajadas ante él, que fruncía el ceño, asintiendo.

—Eras tan perfecta… solo tuve un fallo. No pude solucionarlo. Tenía que empezar de nuevo y el tiempo se me terminó -y, con la mirada triste, se sumía en un profundo silencio.

Susú no lo vio venir. El cuchillo abrió su abdomen desde el esternón hasta el ombligo.

—Llevo años diciéndotelo, pero no me crees. Ahí tienes tus circuitos -dijo su padre.

Ella se miró y rompió a llorar al ver el interior de su cuerpo lleno de cables. Efectivamente, no era un error de la naturaleza, era un error humano. Su creador la hizo casi perfecta, setenta años atrás, pero olvidó que toda maquinaria necesita refrigeración.

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