El primer brote fue en un pequeño pueblo de clima templado y poca población. No había industria en treinta kilómetros y el trabajo del campo era su principal fuente de suministro. Además de los habitantes habituales, el fin de semana se llenaba de vida y movimiento gracias a los forasteros de fin de semana. Los dos bares, prácticamente vacíos durante la semana, se llenaban sábados y domingos como si fueran fiesta nacional. “Viernes, sábado y domingo, los Sardinos vienen de pingo”, se solía decir.

Los de la Urbanización La Sardineta eran gente de las ciudades cercanas, por lo que se pensó que fueron los que llevaron la enfermedad. Dejaron de ser bien recibidos y se dio aviso por bando municipal:

Todo propietario o arrendatario de vivienda en la Urbanización la Sardineta, tendrá prohibida la entrada al municipio de Aledaños, al que ésta pertenece, así como a bares y establecimientos del mismo.

Se vigilará el camino que baja de la urbanización al pueblo y, si es preciso, se arrestará y mantendrá en confinamiento policial a todo aquel que se rebele contra la autoridad competente.

Así mismo, todo ciudadano con su residencia habitual en el municipio está obligado a denunciar y tendrán autorización para retener a cualquier persona procedente de la Urbanización La Sardineta que hubiera pasado el cordón policial por caminos no autorizados”.

Los sardinos pusieron el grito en el cielo. Ellos no fueron los primeros en tener los síntomas de aquel virus que incapacitaba sexualmente a hombres y mujeres y estaban seguros de haberlo cogido en el pueblo. Empezaba con un sarpullido en las manos, apatía, narcolepsia de diferente gravedad y terminaba en una deformación genital que impedía totalmente las relaciones. Cinco ciudades fueron confinadas inicialmente, pero algunos tuvieron tiempo para salir del país. Se extendió como Covid-19, como una gripe estacional, como el VIH.

El bando municipal de Aledaños llegó a las autoridades estatales con bastante retraso, como todo trámite burocrático. Establecieron el pueblo como Zona Cero y se hizo seguimiento a todos los habitantes, sin resultados concluyentes, hasta que un niño contó, de casualidad, que había visto a su hermano mayor “bailando perreo” con una gallina, con una cabra e incluso con la mastín que guardaba el ganado del tío Gerardo.

Parece que su novia tampoco le era fiel, aunque ella prefería a los de La Sardineta que a los del corral del tío Gerardo…

Mi segundo #relatosBrotes para Divagacionistas.

Octubre 2020

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