Estaba de vuelta, no miró atrás. Tenía un nudo en la garganta que le hacía difícil incluso tragar saliva. Aunque tenía la boca seca seguía intentándolo para ver si bajaba el nudo, en vano. Los pinchazos en las piernas se habían agudizado y le estaban empezando a temblar del dolor; cientos de chinchetas clavadas de arriba abajo y lo peor estaba por llegar.

Quizá no llegara a casa, si es que era bien recibido. «El hijo pródigo -pensó- es lo que decía Sor Ángela», pero no estaba seguro de si apelar a la parábola bastaría para que le abrieran la puerta. De nada le había servido personalmente alejarse de su hogar y del entorno, pero a su familia le hizo mucho bien, o eso creía.

El número de chinchetas aumentó considerablemente, ya se le clavaban en el estómago, la espalda, los brazos. Solo le quedaban unos metros para llegar a su barrio. La ansiedad le cerraba la garganta cuando vislumbró el bloque de pisos donde vivió su infancia y adolescencia.
Alguien le llamó por su nombre.
—¡Juanito! ¿Eres tú? -la voz le era conocida, pero era incapaz de asociarla a la cara que, sonriendo, le plantó dos besos- Soy yo, hombre, la Paqui.
Juan empezó a llorar al recordarla. Sus ojos verdes eran inconfundibles, aunque ahora estuvieran hundidos y amarillentos. Los pocos dientes que le quedaban estaban como llenos de musgo reseco. «¿También a mí se me ve así?», pensó.
—Paqui, bonita, voy a despedirme de mi familia, me voy para siempre. Te quise mucho… -aún con lágrimas se alejó de ella y no miró atrás, como tenía por costumbre.

Se sentó en el ascensor después de pulsar el piso cuatro. Le temblaba todo el cuerpo y tenía ganas de vomitar. «Un poquito más, aguanta».
Llamó a la puerta temiendo que no hubiera nadie.
—¿Quién es? -preguntó la voz del amor incondicional desde dentro.
—Soy yo, mamá, vengo a pedirte perdón por todo, te necesito.
La señora Luisa abrió muy nerviosa y le vio tirado en el suelo, convulsionando, con una jeringuilla cargada en la mano, y comprendió…
Le arrastró hacia adentro, lo tumbó en el sofá y le hizo una tila con tres de Bromazepán.

Unas horas después, Juan se despertó. Su madre le había lavado y cambiado de ropa.
Quería morir en sus brazos, para eso había ido: a meterse allí el último pico. Nunca le salían bien los planes.

Para Divagacionistas, este mes nos han convocado para escribir #relatosPicos.

Septiembre 2020

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